Acordaos constantemente, hijos míos, de que el Señor quiere hacer el Opus Deis en la tierra, contando con nuestra oración y con nuestra compunción. Por eso hemos de convertir toda la vida nuestra en una constante plegaria: hasta las propias miserias, que han de servirnos de acicate para volver a Dios siempre que haga falta, humildes y contritos.