Nunca des cabida al pensamiento de que haces mucho por el Señor: sería un trágico engaño. Ante un Dios que se ha abajado por amor nuestro hasta asumir nuestra naturaleza y morir en una Cruz, tu correspondencia -la mía- será siempre pequeña. Por eso, la medida de nuestra fidelidad es una sola: la entrega total hasta el holocausto de la propia vida. A la vez, no olvidemos que, para mantenernos fieles en lo grande, hemos de conducirnos fidelísimamente en las cosas pequeñas.