Llenos de gozo, habéis contemplado conmigo la lluvia de gracias que el Señor ha querido derramar en el mundo entero, en este primer aniversario del tránsito de nuestro amadísimo Padre al Cielo: conversiones, frecuencia de sacramentos, propósitos eficaces de mejora, montones de vocaciones en todas partes. Algo prodigioso.

Dios está empujando, y nuestro Padre continúa siendo el instrumento maravilloso de ese derroche de gracia divina. Un viejo Cardenal romano, al que nuestro Padre trató bastante, me comentaba con el lenguaje suyo espontáneo  y castizo. ¡la que organizará Monseñor Escrivá desde el Cielo! porque en la tierra, ¡era como un volcán que lo encendía todo!.

Es verdad. Os lo he repetido innumerables veces a lo largo de este año: ahora su intercesión es un fuego ardoroso, una llama que despide luz y calor abundantes. Es lógico que siga removiendo las lamas, y en primer lugar las de sus hijos. Todo nosotros experimentamos esa actividad incesante de nuestro Fundador.

Hijas e hijos míos, éste es un momento de gran fidelidad. !Le hemos costado tanto a nuestro Padre! Por eso tiene derecho a exigir mucho de nosotros. Pero como es un padre bueno, no reclama nada, sin antes haber logrado de Dios la gracia necesaria para que lo cumplamos.

Debemos esforzarnos para ser cada día más fieles, más entregados, más responsables. Hemos de desvivirnos para que nuestro Padre sonría en el Cielo, al ver nuestros renovado propósitos apostólicos y diga: me han salido unos hijos buenos. Por cariño filial y como uno de los mayores servicios que podemos prestar a la Iglesia y a las almas, debemos esforzarnos en difundir más y más la devoción privada a nuestro Padre, para que todos se aprovechen de este cauce inagotable de dones divinos, y aprendan de la vida de nuestro santo Fundador a servir lealmente a nuestra Madre la Santa Iglesia y al Papa