El amor a Dios ha de llevarnos a reaccionar contra las distracciones en la oración mental o en el rezo de las oraciones vocales,sin acostumbrarnos nunca, porque sería como acostumbrarse a la falta de amor. En cuanto las advirtamos, hay que pedir perdón y poner un cariño nuevo en las palabras que, con el corazón o con los labios, nos esforzamos por dirigir al Señor.