La Obra, como Madre buena, se ocupa -en gran parte con el trabajo de la Administración, que es un tesoro que nunca valoraremos bastante- de procurarnos la comodidad y bienestar necesarios para servir a Dios. Y, como Madre buena también, nos enseña a buscar ahí la mortificación; pero cada uno debe hacerlo generosa y personalmente, con sentido de responsabilidad, porque en Casa no se mortifica a nadie: ninguno -como repetía nuestro Padre- tiene el oficio de mortificar a los demás.