Hijas e hijos míos, no dejéis de aprovecharos -primero, vosotros mismos- de la potente intercesión de nuestro Fundador. Invocadle en todas vuestras necesidades espirituales y materiales, con la confianza que se tiene con un padre -¡y qué Padre!-, que no abrigó otro deseo en la tierra que el de dar gloria a Dios y procurar  la santidad de todos sus hijos. Confiadle vuestras luchas, vuestros deseos de mejora, vuestras actividades apostólicas y la eficacia de vuestros trabajos.