Hijos míos, yo quiero -y al Señor le agrada este deseo- que nadie nos gane en este apostolado mariano. Poned, y enseñad  poner, al gastar las cuentas del Rosario, intenciones santamente ambiciosas, convencidos de que los más generosos sueños de servicio a Cristo se vuelven realidad, si rezamos bien cada decena. Y hoy, estamos muy necesitados de grandes y de pequeñas aventuras de santidad.