Al hablar de la mortificación, nuestro Fundador insistía en la necesidad de aceptar con garbo las contrariedades del día, especialmente, las que nos llegan sin haberlo pensado, sin esperarlas.

A veces, las cruces nos las inventamos nosotros -añadía siempre nuestro Padre- por nuestra soberbia, por nuestro orgullo, por nuestra vanidad. Pero en todo caso, hay que saber aprovechar las dificultades, y recibir esos contratiempos con amor de Dios, con alegría.

Renovemos todos ahora el propósito de ser penitentes, también con la mortificación corporal de los sentidos; con esa oración de la carne, que ha ir acompañada por la oración del espíritu.

Y con las dos, venceremos a los tres enemigos del alma: la concupiscencia de la carne, al concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida.