Para vivir en presencia de Dios -en lo que depende de nosotros, pues se trata fundamentalmente de una gracia que hay que pedir con humildad-, hemos de proponernos metas diarias y servirnos de industrias humanas; entre otras, nuestro Fundador nos recomendaba el cuidado de las mortificaciones pequeñas. Y siempre, con sentido de la filiación divina, considerando todo lo que nos sucede como un don del Dios bueno y misericordioso, que es nuestro Padre del Cielo.