Octubre 1993
En nuestras manos, hijas e hijos míos, tenemos una flor divina, la Obra, capaz de atraer con su color y con su aroma y con su belleza a muchas almas. De cada uno de nosotros -de nuestra pelea personal por ser Opus Dei y hacer el Opus Dei- depende que esta flor no sólo no se agoste, sino que cada día sea mayor el número de personas que gocen de su hermosura y perciban el buen olor de Cristo (II Cor. II, 15) que de ella se desprende. ...