Si somos fieles a sus mociones, si procuramos decir que sí -no sólo con los labios, si no de verdad: opere et veritate-, a todo los que nos va sugiriendo -pequeñas mortificaciones, poner más empeño en el trabajo, vencernos cuando nos cueste ser amables con los demás, humillarnos al comprobar que no sabemos ser comprensivos…, entonces el Espíritu Santo se nos entrega con más plenitud. En cambio, si no hacemos caso de sus inspiraciones, nos ponemos en peligro de dejar de percibirlas: no porque se canse de nosotros, si no porque el alma se cubre de una costra durísima.