Y para sujetar la imaginación a lo largo del día, cuando se nos ocurran tonterías, la receta es la misma: meteros en Dios, hablar con Él, hacer oración. La imaginación puede constituir un arma estupenda para acercarnos a Dios, si la empleamos bien. Entonces el diablo, a pesar de ser tan listo, no se sale con la suya: nos tienta, para separarnos del Señor, y nosotros nos  servimos de esa treta para unirnos con Dios.