Al comenzar este nuevo año mariano, pido al Señor -para mis hijas y mis hijos todos- el don de la fidelidad a la vocación. Y como consecuencia, la felicidad en la tierra y la felicidad en el Cielo. Por eso me gusta repetir, siguiendo el ejemplo de nuestro queridísimo Padre: ut iumentum, semper in lætitia, como borriquillos, siempre con alegría, aunque vengan contradicciones. Que no perdamos nunca la alegría de servir a Dios.