Rezo a diario, especialmente, por mis hijas y por mis hijos que sufren alguna enfermedad, y pido al Señor -por intercesión de nuestro Padre- su curación: ¡hacen falta tantos brazos, para trabajar por Cristo en este mundo!
Encomiendo también a las hijas y a los hijos míos que atienden a los enfermos. Bendigo el cariño y la delicadeza que demuestran, y me apoyo en su caridad alegre: no penséis nunca que exageráis en ocuparos de un hermano enfermo, en el que siempre habéis de ver a Jesucristo.
Y os ruego que ofrezcáis por mis intenciones esa tarea, tan grata a Dios.