En el Cielo, nuestro Padre ya no puede sufrir; pero se encarga de suscitar, en los corazones de sus hijos, dolor por las llagas de la Iglesia y del mundo, sentimientos de reparación por las ofensas que se infieren constantemente a Dios: para que desagraviemos, trabajemos con más afán apostólico, y nos decidamos a entregarnos de verdad.