La vocación al Opus Dei es una gracia especialísima de Dios que, además de hacer asequible el dulce encuentro con Cristo en los quehaceres ordinarios, nos otorga una permanente juventud de alma. Por eso me gusta repetir lo que tantas veces oí a nuestro santo y queridísimo Fundador: que en la Obra no hay ni puede haber viejos, aunque lleguemos a cumplir muchos años, porque -si somos fieles- todos seremos siempre jóvenes, con la perenne juventud de un Amor que se renueva cada día.