Nuestro Padre solía decir que estamos hechos de barro de botijo: débil, quebradizo, pronto a romperse en cualquier momento. Pero si nos dejamos moldear por los dedos divinos, nos convertimos en vasos que el Espíritu Santo llena de agua que salta hasta la vida eterna (Ioann. IV, 14).

Sed dóciles, hijas e hijos mío, a esa acción divina en nuestras almas, tan intensa ahora por la intercesión de nuestro Padre.