Después del pecado original, todos recibimos en herencia una naturaleza caída. No ha de extrañarnos, por eso, que haya fisuras en nuestra vida: faltas de generosidad, prácticas de piedad hechas a veces con rutina, momentos de desánimo… En ocasiones, veremos con más luz esas grietas, y quizá entonces el demonio nos susurre que no valemos. ¡No prestéis oído a esa tentación, hijas e hijos míos! Con humildad y contrición verdaderas, hay que responder: yo, solo, no valgo nada; pero con Dios lo puedo todo. Y recomenzad una vez más la pelea diaria, siendo muy sinceros en la dirección espiritual y poniendo mucho amor en las cosas pequeñas.