Hijos míos, ¡qué tristeza causa un alma tibia!. Un alma que tuvo encendimientos de amor de Dios de celo por los demás; un corazón que experimentó las alegrías de la entrega generosa y que comienza a perder fuego, calor, poco a poco, hasta terminar en la más lamentable indiferencia ante todos lo que no satisface el propio egoísmo carnal o espiritual. Una situación de ese estilo sólo se provoca -querría que se os metiera muy dentro esa idea- por el abandono, por la apatía, por la desgana a la hora de examinar diariamente la propia conducta: hoy dejamos esto; mañana, no damos importancia a esto otro, omitimos sin motivo una mortificación, se nos escapa una falta de sinceridad…, nos vamos acostumbrando a esas cosas que desagradan a Dios, sin convertirlas, mediante el examen, en materia de lucha. Así se emprende el camino que conduce a la tibieza, no lo olvidéis.