Si de verdad deseamos tener nuestros corazones siempre iluminados con la luz de Dios, es imprescindible que profundicemos en el examen de nuestra conciencia, para arrojar, como nos pide nuestro Padre, lo que estorba a la fe, a la esperanza, al amor; a la vida sobrenatural.
Por esto, hijos míos, os ruego ahora que procuréis cuidar muy bien el examen particular y el examen general: para que el polvo del camino -las imperfecciones diarias- no empañe nuestras almas, haciéndolas opacas a las luces de Dios, volviéndolas insensibles a las mociones del Espíritu Santo.