Detente en tu examen, para sentir con más fuerza tu responsabilidad de ser santo, de ser más de Dios, de hacer la Obra, siendo tú mismo Opus Dei. Quizá esquivas todavía el encuentro con Dios -como Adán y Eva en aquella tarde que nos narra el Génesis (III,8)- cuando experimentas la vergüenza de tus faltas o las justificas con explicaciones pueriles: confiésalas valientemente, y no seas lento ni indeciso para reparar.