Con la atenta contemplación de María, junto a la Cruz, tocamos el nervio de nuestra vocación cristiana -aprender a dar la vida con Cristo, para que todos se salven- y comprenderemos cuál es la garantía única de nuestra eficacia apostólica. Por aquí ha de discurrir nuestro salto de calidad en este año mariano. Y, como comprenderéis, este salto requiere esfuerzo: un esfuerzo constante.