Carta Feb.1979, n.22
Mirad a la doncella de Nazaret. Convencida de su pequeñez, nada la distrae de Dios; mantiene su corazón en vela, pronta en cada momento a alabar y adorar a Quien desde la eternidad la ha mirado con predilección y la ha escogido para una misión excelsa. Su alma se vuelca en un cántico de alabanza: Magnificat anima mea Dominum!. ...