Mirad a la doncella de Nazaret. Convencida de su pequeñez, nada la distrae de Dios; mantiene su corazón en vela, pronta en cada momento a alabar y adorar a Quien desde la eternidad la ha mirado con predilección y la ha escogido para una misión excelsa. Su alma se vuelca en un cántico de alabanza: Magnificat anima mea Dominum!.

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        La decisión de perseverar, con nuestra Madre en recogimiento de adoración y de acción de gracias, exige que nos empeñemos en grabar en el alma la gran lección de humildad que fluye de la vida entera de María Santísima. Sólo quien adquiere el pleno convencimiento de su nada, se vuelve idóneo para adorara a Dios, porque los que se llenan de sí mismos, acaban adorando el propio yo o el falso dios que fabrican sus pasiones.</div> </div> </div> </div> </div>
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