No olvidéis, hijas e hijos míos, que la vida cristiana ha de manifestarse en una decidida pelea cotidiana para vencer el pecado y dar cabida al Amor de Dios. Por eso no me cansaré de recordaros que hemos de limpiar muy bien nuestras conciencias de cualquier mancha, aún de la más pequeña, fomentando los actos de contrición y acudiendo cada semana a la Confesión con dolor de amor, de modo que sólo el Señor reine soberano en nuestros corazones. Y, al mismo tiempo, seguir empeñados -es una tarea que no podemos considerar circunstancial, porque siempre habremos de realizarla con sentido de urgencia- en llevar a muchas otras personas al Sacramento del Perdón