Octubre 1981
Hijas e hijos míos, yo querría que cuando Jesús pase a nuestro lado y golpee en la puerta de nuestros corazones, le abramos enseguida acogiendo la pequeña mortificación que nos pida, el menudo acto de renuncia que nos sugiera. Y así nos haremos santos, en la medida en que es posible serlo en esta vida