El bien es de suyo comunicativo; por eso, la alegría de los hijos de Dios nos lleva necesariamente a procurar contagiar nuestra alegría a otros, buscando más vocaciones. Y, al revés, si hacemos proselitismo estaremos siempre alegres, aunque a veces no recojamos personalmente los frutos, pues lo que hacemos por Dios nunca se pierde.