Diciembre 1990
Aquella mujer que ungió a Jesús no se contentó con derramar sobre el Señor el ungüento precioso que llevaba, sino que rompió el vaso de alabastro para que no quedara dentro ni una gota. Es todo cuestión de amor. Para nosotros, el vaso es el gazapito de que hablaba nuestro Padre:eso, que consideramos tan nuestro, y de lo que no queremos prescindir, como le ocurría a aquel niño del cuento. Si lo entregamos, aumentará nuestro amor a Dios y, consecuentemente, nuestra caridad fraterna. ...