Desde que asumí, porque Dios lo ha querido, esta carga bendita del Opus Dei -ahora soy vuestro Padre en la tierra-, he tratado de prodigar ese cariño con que el Señor ha colmado mi corazón, especialmente con señales que no se ven -oración y mortificación- por mis hijas y por mis hijos, con un único objetivo: que seáis muy felices. Y sólo seréis felices -así nos lo enseñó nuestro amadísimo Padre. si sois santos, si ponéis un empeño cada día mayor en las Normas, si os entregáis a vuestra vocación con fidelidad, sin reservas, del todo. Hijas e fijos míos: pedid, para este adre vuestro, lo mismo que yo imploro para vosotros. Mirad que me hace mucha falta, porque -nunca me cansaré de repetirlo- soy el sucesor de un santo, no siendo más que un pobre pecador. Este es el regalo que espero de cada uno, y la mejor señal de vuestra unión con el Padre que tenéis en la tierra y con nuestro Padre, que por todos intercede en el Cielo
...